AQUÍ EN LA TIERRA

Bueno en la Cd. de México, lugar en el cual vivo, pues  estamos en contingencia por la influenza, por lo tanto me he visto en la necesidad de quererme más, pues bien todo este tiempo me puse a ver pelíclas que películas las más bellas y golpeadoras de mi propia realidad,

Me encontré con Rebbeca de Alfred Hitchcock, Aquí en la tierra, las tres caras de Eva, el mejor caso de personalidad múltiple, La duquesa

Pues sí en todas ellas encontré un poco de mi personalidad, pero la que más me dolió fue rebecca, me sentí como esa chica que era tan perfecta pero tan fria en la forma de responder los afectos, me arrepiento pero más vale tarde que nunca darse cuenta de eso y ahora intento ponerle un poco más de sentimiento a las palabras y a los versos que en ocasiones escribo,

También en la película aquí en la tierra, me encontré con un gran mensaje el que a veces nos preocupa tanto encontrar a esa persona que sea perfecta para uno, pero no nos fijamos en lo más lindo su sentir, y en lo que realmente es, pues bien la protagonista dice” a veces vivimos demasiado pero no conocemos el verdadero amor” porque no cuando lo tenemos darnos la oportunidad de sentirlo aunque a veces tengamos que derramar algunas lágrimas.

Espero que que no sean como yo tan insensible que en ocasiones no sepan ni como expresar agradecimiento, quiero que a través de este post quede algo para la posteridad de mi, fui una persona bastante egoísta que sólo me interesaba ser la mejor, pero perdí lo más padre que había en esta vida nunca deje quererme y nunca aprendí a querer , me duele reconocer que a veces pretendemos ser perfectos pero esa perfección no nos lleva a nada grato, quiero decirles que en esta noche calurosa, me he percatado lo odiosa que he sido,

Pero que después de lo escrito arriba aún no pierdo la esperanza de por primera vez en mi vida enamorarme de la vida, y que mejor que hacerlo aquí en la tierra, hagan lo mismo vivan y sientan cada momento tal vez las cosas pasan por  algo, y de ellas se aprende tanto que podrían ser las historias que hoy relato,

Les dejo un poema que en lo personal me puso la piel chinita

Abedules

Robert Frost

Cuando veo abedules oscilar a derecha y a izquiercla, ante una hilera de árboles más oscuros, me complace pensar que un muchacho los mece. Pero no es un muchacho quien los deja curvados, sino las tempestades. A menudo hemos visto los árboles cargados de hielo, en claros días invernales, después de un aguacero. Cuando sopla la brisa se les oye crujir, se vuelven irisados cuando se resquebraja su esmaltada corteza. Pronto el sol les arranca sus conchas cristalinas, que mezcla con la nieve… Esas pilas de conchas esparcidas diríase que son la rota cúpula interior de los cielos. La carga los doblega hacia los mustios matorrales cercanos, pero nunca se quiebran, aunque jamás podrán enderezarse solos: durante muchos años las ramas de sus troncos curvadas barrerán con sus hojas el suelo, igual que arrodilladas doncellas con los sueltos cabellos hacia atrás y secándose al sol. Mas cuando la Verdad se me interpuso en la forma de un hecho como la tempestad, iba a decir que quizás un muchacho, yendo a buscar las vacas, inclinaba los árboles… Un muchacho que por vivir lejos del pueblo sólo sabe jugar, en invierno o en verano, a juegos que ha inventado para jugar él solo. Ha domado los árboles de su padre uno a uno pasando por encima de ellos tan a menudo que nada les dejó de su tiesura. A todos doblegó; no dejó ni uno solo sin conquistar. Aprendió la manera de no saltar de un árbol sin haber conseguido doblarlo contra el suelo. Conservó el equilibrio hasta llegar arriba, trepando con cuidado, con la misma destreza que uno emplea al llenar la copa hasta el borde, y aun arriba del borde. Entonces, de un envión, disparaba los pies hacia afuera y saltaba del aire hasta la tierra. Yo fui también, antaño, un columpiador de árboles; muy a menudo sueño en que volveré a serlo, cuando me hallo cansado de mis meditaciones, y la vida parece un bosque sin caminos donde, al vagar por él, sentirnos en la cara ardiente el cosquilleo de rotas telarañas, y un ojo lagrimea a causa de una brizna, y quisiera alejarme de la tierra algún tiempo, para luego volver y empezar otra vez. Que jamás el destino, comprendiéndome mal, me otorgue la mitad de lo que anhelo y me niegue el regreso. Nada hay, para el amor, como la tierra; ignoro si existe mejor sitio. Quisiera encaramarme a un abedul, trepar, por las ramas oscuras del blanquecino tronco y subir hacia el cielo, hasta que el abedul, doblándose vencido, me volviese a la tierra. Subir y regresar sería muy hermoso. Pues hay cosas peores en la vida que ser un columpiador de árboles.

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